Me levante antes que el sol. Pasto desparramado, balde volcado y arriba del calzado: el autito de meteoro y una pequeña tarjeta.
“Felicitaciones todavía esta el niño adentro”.
Plasmo mis pensamientos, ideas, emociones, vivencias, cuentos, frases y todo lo que sucede en mi cabeza.
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No crezca mi niño, no crezca jamás, los grandes al mundo le hacen mucho mal.
El hombre ambiciona cada día más y pierde el camino por querer volar. Vuele bajo, porque abajo está la verdad. Eso es algo que los hombres no aprenden jamás. Por correr el hombre, no puede pensar, que ni el mismo sabe para donde va. Seguir siendo niño y un pastor, mirar sin guerras ni máquinas de calcular. Vuele bajo, porque abajo está la verdad. Eso es algo que los hombres no aprenden jamás. Dios quiera que el hombre pudiera volver a ser niño un día para comprender que está equivocado si piensa encontrar con una escopeta la felicidad. Vuele bajo, porque abajo está la verdad. Eso es algo que los hombres no aprenden jamás.
No crezca mi niño, no crezca jamás. (Facundo Cabral)
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"Las mujeres poseen un admirable instinto de desconfianza." Publicadas por Hernán 5 comentarios a la/s 6:45 p.m.
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Qué desbordante felicidad puede provocar un encuentro con alguien que, emergido del reino de los muertos, aparece con toda su radiante materialidad.
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Todavía estoy extrañado, el poder de la mente dicen, la sugestión; me esforzaba, sentía impotencia, pero no lograba recordar algo tan común y tan mió.
Me miro fijamente y con un chasquido de dedos, pronuncio “ya esta”.
Ahora si, ya puedo recordar mi nombre.
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Lo acompañe un poco desganado a mi amigo Sebastián Yanucci hasta la avenida Independencia a la altura del Barrio Cabildo, para retirar algunas cosas de la casa de su difunta tía. Me dolía la garganta, pero ya le había prometido en colaborar con el flete.
La tía de Seba había fallecido hace tres semanas, vivía con su marido y venia enferma de años, sufría de una depresión. Había días que lloraba mucho. Don Mario (el tío de Sebastián) la encontraba hablando sola, como si se dirigiera a su hijo Federico, que falleció unos años atrás, asfixiado por un chicle.
Mientras retirábamos la ropa del placard, en unos de los cajones, había calendarios, facturas de comercios, boletas de servicios viejas, pero nos llamo la atención una pequeña Biblia roja que, en las páginas del Levítico se escondía un sobre amarillo cerrado, cocido con hilo lino.
Suponiendo Sebastián que podría ser algún tipo de ahorro de la tía, con una cómplice sonrisa me miro y lo abrió, pero solo había un papel escrito con tinta negra, aparentaba ser una carta.
Estaba manuscrita, la grafía era perfecta, no tenia fecha, no estaba firmada.
Después de leerla coincidimos en no comentársela a su tío y la dejamos donde la encontramos y continuamos con el traslado un poco perturbados.
Mamita:
Contemplándote, mientras acomodabas mi descolorida ropa, note que el tiempo no esta siendo benevolente contigo. Lo distingo en tu lento andar y en las prematuras arrugas de tu rostro.
Ya perdiste fuerzas en tus manos; estas cada día mas agotada, tu apenada mirada se desvanece y no prestas atención con lo que te dice papá.
Haces y hablas pausadamente. Y ante la mofa de los demás, tus fuertes monólogos conmigo son sin disimulo mientras andas por la calle.
Pero mamá, mi querida y triste madre, estas viejita, pero no te rindas, no te apagues, no te olvides de vivir, todavía te necesitan.
Conmigo se fue tu hermosa ternura.
Las cosas no son las mismas para vos, ya lo sé, estas sensible y te sientes victima de esta vida que te toca soportar a partir de mi ausencia.
Percibes mi presencia, no estas sola, yo te veo mamá, sigo con vos, estoy en tus plantas, en las flores, en cada ser vivo que se encuentra en la casa, en los ojos de mis fotos, en tu sombra, detrás de los espejos, hasta en mis juguetes todavía estoy presente.
Cuando te visito en tus sueños, no lo hago con el propósito para que llores al despertarte; es para que no se borre el sonido de mi suave voz que te dice te extraño.
Mamá, todavía soy ese niño travieso y curioso. El que se tranquilizaba con tu delicado soplido que le dabas a mi herida cuando me ardía.
Tu corazón no esta vació, yo estoy en el; no me fui.
Yo me adelante en el camino.
¡Querida mamá, te amo sin tiempo, yo conozco la eternidad!.
Publicadas por Hernán 2 comentarios a la/s 1:18 a.m.

La aventura de llegar a Sudamérica fue agotadora; no queria retornar rápidamente a Detroit después de tres días de estadía en Buenos Aires, acudiendo a ceremonias de la distinguida sociedad presumida de la época.
Por el sacrificado viaje merecía quedarse un tiempo más a pesar de la agenda completa y los nervios del representante…
Cuentan que la arquitectura del centro de Buenos Aires y la elegancia de las mujeres, le recordaba mucho a New York y que se aburrió con la música del Tango, pero le entusiasmó el sensual y sugestivo baile.
Después de entrevistarse con el Presidente De la Plaza, alguien se le acerco y en ingles le murmuro que había una ciudad del país en donde podía conseguir aquello que tanto deseaba.
Bajo las advertencias de su agente, emprendió viaje a dicha ciudad. Quería conseguir “the round one” (el redondo)…
Cuando llego a Santiago, le agrado su anonimato, caminar y mezclarse entre la población, aunque la blancura de su rostro y la impecable vestimenta delataba la importancia del foráneo.
Cuando un ilustrado periodista lo reconoció, se movilizo toda la ciudad, querían conocer de cerca al misterioso mago, al ilusionista y señor del escapismo.
Lo convencieron para un acto de presencia en un evento de beneficencia en el Centro de Enfermedades de Chagas; el guitarrista Andrés Chazarreta le dedico una chacarera, estaba vez, el visitante se entusiasmó con la música, pero del baile opino que era una pena no poder tocar la cintura de la compañera. Para los enfermos realizo un sencillo acto de prestidigitación con los naipes.
Probó con gusto las empanadas de Don Gabriel Ocón en un puesto del reciente Mercado Armonía. Se asombró del árbol en forma de botella, ubicado en la plaza Libertad, conocido como “Palo Borracho”.
Le manifestó al Dr. Antenor Álvarez, Gobernador en aquel momento, que se encontraba cómodo “en este sencillo y pequeño pueblo”. Pero quería “el redondo”.
Después de interpretar y deducir a quien se refería con el “round one”, sutilmente para no decepcionarlo, le informaron que era un animal prohibido, porque quedaban pocos.
Era conocida su pasión por los animales exóticos al punto de atesorar un zoológico privado, donde tenia iguanas, serpientes pitón, tortugas de pantano, erizos, lagartos, etc.
Harry se tuvo que conformar con tocar, un ejemplar embalsamado que se encontraba en el Museo de Ciencias Antropológicas y Naturales de la provincia.
A pesar de ello, se fue de Santiago con una sonrisa y siguió entusiasmado recorriendo la Argentina rompiendo su calendario
de presentaciones, en busca de otras raras especies para su colección.
Según su diario personal descubierto en 1966, figura que se llevo a Estados Unidos: un Oso Hormiguero, tres Tapir, un Ñandú y una gran tristeza de no haber podido adquirir su pieza soñada: The Round One, el redondo… el Tatú Carreta.
Publicadas por Hernán 4 comentarios a la/s 6:53 p.m.

Anoche cuando termine de leer el libro de Pinti, antes de apagar el velador miré con detenimiento su tapa y la foto del satírico actor, me recordó un absurdo temor que solía tener cuando era chico, que en su momento causo trastornos.
En los ochenta, había circulado un fuerte rumor sobre imágenes que tomaban vida por las noches mientras los niños dormían, en especial unos pequeños y azules personajes: los inolvidables Pitufos, que aprovechando el sueño del dueño de la revista o dibujo, se convertían en despiadados seres que merodeaban la habitación, y observaban con insistencia el rostro de la persona dormida comiéndole las neuronas, convirtiéndola en un idiota cuando se despertaba.
Por lo pronto en las casas, por pedido de los chicos, no había nada relacionado con aquellos personajes. A la basura se fueron: vasos, revistas, cuadernos, muñecos, figuritas, disfraces, posters, adhesivos, juegos, etc. Y como siempre no faltaron los oportunistas, disfrazados de Gargamel que lograban “domesticar” a las dibujadas criaturas azules con mágicas pociones, por unos pesos argentinos.
Las historias de las supuestas victimas venían de todas partes: que en tal casa había una niña y se encontraba postrada en la cama babeándose inconsciente. Que los médicos no podían hacer nada, y que en vano tomaba intervención la policía. Pero nadie daba nombres ni apellidos de las víctimas. La situación era que a uno le contaron, pero a ninguno le había tocado de cerca, como suele ocurrir con los rumores urbanos, todo un misterio. Incluso se discutía que Los Pitufos no eran malos, estaban siendo reencarnados por repugnantes extraterrestres.
Ante la psicosis que se había originado, el matutino local, en una sección de los domingos, dedicada a temas bizarros, había entrevistado a la supuesta autora del rumor. Una maestra de la escuela Blas Parera del barrio Almirante Brown que manifestó que el fin de la “mentira” era para que sus alumnos no miren demasiada televisión en especial Los Pitufos, furor en aquella época, pero no se había imaginado que podía expandirse por toda la ciudad.
Un poco rebuscado y armado el informe, pero no importaba, logro calmar el miedo entre los niños de mi edad.
Todos andábamos con el revelador recorte periodístico; teníamos la verdad en nuestras manos; recuerdo algunas frases de la maestra: “Se distraían comentando capítulos…” “yo quería, que los chicos atiendan en clase y dejen de usar la jerga de esos personajes porque así se dictaban en las pruebas…” “ya no los consentía, incluso me habían puesto un apodo característico con uno de los personajes…” “antes que se retiren de la jornada, les comente sobre una sobrina, que fue mordida por estos muñecos…” “tuve que mentirles para que vuelvan de sus casas con los deberes hechos y ofrezcan mayor atención en clase…” De a poco se fue relajando la situación y el programa volvió a prenderse en las casas por las tardes, todo lentamente volvio a la normalidad. Incluso se abrieron negocios con el nombre de estos dibujos. En los kioscos tímidamente se vendieron nuevamente la revista y volvieron a verse las estampas en las remeras y en los relojes.
El santiagueño olvidó rápidamente ese macabro rumor pero, siempre tiene que estar conviviendo con algún espanto, y lo reemplazó por otro que hasta el día de hoy sigue con éxito, temporadas más fuerte que otras... el desagradable "enanito".
Publicadas por Hernán 8 comentarios a la/s 9:13 p.m.

Recién me despertaba con la modorra de la madrugada, la luz tenue del nuevo día comenzaba a iluminar el cuarto.
Apenas introducí mi pie en el zapato, sentí una sensación en mis dedos; como si estaría apretando una goma… una helada goma, que se movía con desesperada insistencia. Instintivamente, se presentó en mi mente una sabia recomendación de mi mamá que solía decirme: “sacudí tu calzado antes de ponértelo”, inmediatamente solté brutalmente el zapato al suelo.
Con los ojos bien abiertos, ya sin sueño, sigilosamente observe expectante, la aparición del circunstancial huésped, porque seguro había sentido algo con movimiento adentro del zapato. No lo había soñado. Mientras, la advertencia de mi madre todavía rondaba en mi cabeza, ahora la recodaba con detalle: sobre la existencia de peligrosos insectos que buscan la oscuridad y el aroma humano y que mejor morada que la de los calzados.
Entonces esperé que realice su acto de presentación, el bicho que sospechaba, al que mayor repugnancia y fobia tengo: el escorpión… pero nada, el zapato y yo estábamos enfrentados desde una distancia de tres metros, pero se hacia esperar, mi tumbado calzado seguía ahí sin que el forastero salga a la superficie.
¿Lo habré herido con mis dedos del pie y el insecto esta luchando por incorporarse? o ¿quizás con el violento golpe que despidió en el suelo el zapato, lo maté?.
Prudentemente me acerqué, levante el calzado, lo sacudí y cayo algo que a primera impresión pareció un delgado lápiz negro. Pero a medida que se iba acomodando esa cosa, comencé a distinguir unas patitas, una cola, algunas pintitas blancas y por fin los ojos…
¡No era un insecto! era un chelco, un pequeño chelco negro, esa diminuta lagartija extraoficialmente venenosa, pero oficialmente sucia, que aparece en las calurosas noches santiagueñas.
Estaba tieso, quizás con miedo o trastornado por el golpe. Lentamente y con cuidado lo fui empujando con la escoba hasta el patio y en el balde de basura boca abajo, ahí lo deje encarcelado.
Al mediodía le comenté como algo anecdótico a Silvina, mi compañera de trabajo sobre lo sucedido, a lo que ella me preguntó si le había dado muerte al usurpador de zapato; le conteste que no, que me había dado pena y que momentáneamente estaba hospedado en mi tacho de basura hasta la noche. Con cara de desconcierto, me contó como buena descendiente de gente del campo, que esos bichitos de sangre fría no son de garantizar, ya que algunos son traidores y no viven solo de la inmundicia sino que por las noches se nutren de la saliva y del mal aliento humano y cuando llega el día se esconden en los recovecos sucios de las casas.
Nacido de un antinatural y forzado huevo puesto por un gallo (no gallina) e incubado por una serpiente o un escuerzo, la única manera de matarlo no es pisándolo sino tirándole sal, incluso los mas místicos recomiendan reflejarle un espejo bendito. No quería interrumpir a Silvina sus intensas argumentaciones, pero estaba mezclando creencias; el del Basilisco con la Anfisbena, respetuosamente le di las gracias, no soy seguidor de esas habladurías, me guío de la sentencia del personaje Ichabod Crane: “Razón y Sentido, Causa y Consecuencia”.
A la noche cuando fui al patio a preparar la bolsa de basura y sacarla a la vereda, sorpresa fue que al dar vuelta el tacho, el chelco o lo que fuera se fue sin dejar huellas.
Desde esa noche, los calzados están bien cubiertos; y antes de dormir, obligación la crema dental y listerine para mantener toda la noche mi boca con exquisita fragancia.
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Lunes por la madrugada yo cierro los ojos y veo tu cara que sonríe cómplice de amor. Días en la carretera yo siento aquí dentro la emoción de haber dejado lo mejor. Yo no se si en verano éste amor aqui no hay luces de escena y algo en mi no se serena; no yo ya no comprendo nada tantas caras dibujadas como manchas en una pared. Noches de melancolía pateando en una ciudad vacía en la oscuridad te busco a vos, quizás hoy si te pueda encontrar; mas allá de toda pena siento que la vida es buena hoy. Yo se que no es en vano este amor mas allá de toda pena siento que la vida es buena hoy.
Hasta luego.
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